La verdadera libertad

 

"La soledad es la gran talladora del espíritu". - García Lorca

En ella no hay máscaras ni excusas: es brutalmente honesta, nos enfrenta a nuestras fragilidades y a las verdades que solemos esquivar en medio del ruido diario. 

Suele ser dura, profundamente incómoda, porque obliga a mirarnos sin filtros. 

Pero en esa crudeza también hay una oportunidad invaluable. La soledad puede convertirse en un taller secreto donde el alma se pule, donde aprendemos a escucharnos de verdad y a distinguir qué es esencial de lo que solo es pasajero. 

Para algunos, es un puente hacia lo divino, hacia lo eterno y trascendente; para otros, puede ser un abismo que revela el vacío interior. Y no existe en el mundo nada que nos evite enfrentarnos tarde o temprano a nosotros mismos.

La diferencia creo, radica en cómo elegimos transitarla.

La soledad no nos destruye ni nos salva por sí misma: nos ofrece un espejo. 

Lo que hagamos con ese reflejo, eso sí, nos transforma.

No huyas de la soledad

No la tapes con distracciones ni la conviertas en un enemigo invisible. 
Atrévete a habitarla, a dejar que te hable, aunque al principio su voz parezca áspera o demasiado fuerte. 

Si logras atravesarla sin miedo, descubrirás que no es un castigo, sino un portal: el espacio donde el alma se ensancha, donde lo divino se hace cercano y donde lo humano se vuelve verdadero. 

La soledad no está ahí para quebrarte, sino para recordarte que siempre tuviste dentro de ti la compañía más profunda. 

Cuando por fin logras incorporarla, cuando dejas de resistirte y la abrazas, sobreviene la revelación: la soledad nunca existió realmente. 

Era solo un velo, una ilusión más de la mente. Porque quien acepta su soledad, ya no está solo. 
Al contrario, se reconoce como parte inseparable de todo lo que existe. 

Y esa es la verdadera libertad.




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